Antonio "Tano" Romano: El ADN del Metal Argentino forjado a pura intuición y distorsión
En el rock pesado nacional, el nombre de Antonio «Tano» Romano ocupa un lugar central. Pero antes de las grandes ligas y los estadios, hubo un joven en un barrio, una guitarra criolla con cuerdas eléctricas y una voluntad inquebrantable de hacer ruido. En una reciente charla con Andrés Violante, el Tano repasó los cimientos de su carrera, revelando cómo se gestó el sonido que marcaría a generaciones.
Los inicios: Siete horas de «magia» en la puerta de casa
A diferencia de otros músicos, en la casa de Romano no había tradición musical. Todo comenzó gracias a un vecino, Carlos Groso, quien le mostró el sonido de la guitarra por primera vez. Tras adquirir esa misma guitarra —una Antonio Pérez criolla que lo acompaña hace ya 46 años— el Tano se entregó por completo al instrumento: «Me pasaba 7 horas sentado en la puerta de mi casa tocando y rasgando y esperando que aparezca la magia», recuerda.
Su primer «logro» fue descifrar de oído una cortina musical del programa radial La Catedral del Ritmo. Aunque era un rock and roll básico de los años 50, para él fue el momento en que se sintió músico por primera vez, tocándolo frente a los vecinos para demostrar que «el pibe ya sabía algo».
El camino hacia la pesadez: De los Beatles a Black Sabbath
Si bien sus primeras lecciones con Groso fueron sobre los Beatles, el instinto de Romano pedía algo más contundente. La transición lógica fue hacia Deep Purple y Led Zeppelin, aunque en esa época sacar esos temas le resultaba una tarea imposible.
Todo cambió cuando escuchó a Black Sabbath, específicamente el tema «Never Say Die». Ese sonido no solo le «rompió la cabeza», sino que le dio la pauta de que ese estilo era el camino a seguir. Ante la dificultad de copiar a la perfección los covers, el Tano tomó una decisión fundacional: empezar a componer sus propias canciones.
La forja de Cervero y el «robo» de los solos
A los 16 años, mientras trabajaba en una fábrica, conoció a su compañero de toda la vida: Willy Caballero. Juntos, movidos por la adrenalina del rock pesado que empezaba a gestarse a principios de los 80, dieron vida a Cervero.
En aquellos años no había YouTube ni profesores de rock; el aprendizaje era puramente callejero. El Tano cuenta una anécdota clave sobre cómo aprendió a solear: tras invitar a un guitarrista del barrio apodado «Zapadita» —fanático de Hendrix— a un ensayo, Romano se sentó frente a él y «fotocopió» con la mirada el movimiento de sus dedos por el diapasón. «Ese fue el empujón… ahí me largué», confiesa sobre su formación totalmente autodidacta.
El espíritu del Metal
Para el Tano Romano, aquellos años formativos (80, 81, 82) fueron de pura experimentación y amistad. El Heavy Metal y el Thrash estaban «en el aire», y la urgencia por tocar más rápido de lo normal ya era parte de su sello personal.
Hoy, al mirar esa vieja guitarra Antonio Pérez con la que empezó todo, queda claro que el metal argentino no se construyó solo con técnica, sino con la intuición y la pasión de quien no aceptó un «no se puede» como respuesta.
